La noticia llegó a la capital como un latigazo: en la Sala del Trono, donde se deliberaba con la lentitud ceremoniosa de los siglos, todo se quebró en un segundo. Alaric, visceral y hambriento de poder, había presentado pruebas —manipuladas— de una supuesta conspiración entre Kael y Ainge para subvertir al Rey. Serel, con su sonrisa de porcelana fría, se mostró consternada “por el bien del reino” y pidió medidas inmediatas. Lo que nadie esperaba era la rapidez con la que la corte aceptó el teat