El amanecer se filtraba a través de las nubes bajas, tiñendo el Valle de las Sombras con un oro mortecino que parecía sostener el peso de la noche anterior. Kael y Ainge permanecían sobre la colina central, observando las consecuencias de la confrontación. La Ceniza, ahora descansando dentro de un pequeño cofre forrado de seda, vibraba levemente, como si sus recuerdos del choque se reprodujeran en silencio. Cada pulso era un eco de la energía que habían desatado juntos, y cada eco les recordaba