El silencio posterior al colapso del Valle Interior fue más inquietante que el combate mismo. No hubo celebraciones ni vítores. Solo miradas esquivas, manos temblorosas y la certeza compartida de que algo irreversible había ocurrido bajo los cimientos del poder de Lirien.
Ainge caminó por los pasillos del palacio con la Ceniza latiendo contra su pecho como un segundo corazón. Ya no podía ocultarla del todo; la entidad la había reconocido, y los sellos antiguos también. Cada antorcha que pasaba