La noche cayó sobre Lirien como un manto cargado de presagios. Las torres élficas, normalmente luminosas, parecían absorber la luz de la luna en lugar de reflejarla. Algo antiguo se había removido, y la ciudad —tan acostumbrada a la magia dócil y ornamental— comenzaba a sentir el peso de un poder que no podía embellecerse.
Ainge permanecía despierta en sus aposentos, sentada en el borde de la cama, con la Ceniza extendida sobre la palma de su mano. No ardía. No brillaba. Sin embargo, vibraba, c