El temblor no cesó. No fue un estallido repentino, sino una pulsación profunda, como el latido de un corazón antiguo que despertaba bajo las raíces mismas de Lirien. Las torres del Palacio resonaron con un gemido grave, y en los patios interiores, las fuentes encantadas comenzaron a hervir suavemente, su agua tornándose opaca, gris, como si la ceniza se filtrara desde otro plano.
Ainge sintió el tirón en el pecho antes de que nadie pronunciara palabra. La Ceniza que llevaba consigo —oculta, pro