La noche caía sobre Lirien como un manto oscuro salpicado de estrellas, y la luna se reflejaba en los cristales del Palacio del Rey, lanzando destellos que danzaban sobre los pasillos vacíos. En la sala privada de Ainge, velas encendidas proyectaban sombras que se estiraban y contorsionaban sobre los tapices, haciendo que la estancia pareciera un teatro de fantasmas y secretos. Kael estaba allí, junto a ella, y por primera vez en días, la tensión entre sus cuerpos no era solo estratégica: era p