El amanecer no llegó como debía.
El sol apareció tarde, velado por una neblina blanquecina que no era niebla ni humo, sino residuo. El Valle de las Cicatrices ya no hacía honor a su nombre antiguo: ahora era un terreno deformado, como si una mano colosal hubiese presionado la tierra hasta casi borrar su memoria. Las piedras rúnicas estaban lisas. Los símbolos, borrados. La frontera, literalmente, había dejado de existir.
Ainge no había dormido.
Permanecía sentada sobre una roca fría, envuelta e