El regreso al campamento de Lirien fue más difícil de lo que Ainge había previsto. No por la distancia ni por el cansancio físico, sino porque la magia —su magia— no dejaba de murmurarle. No eran palabras, sino pulsos irregulares, como si el mundo hubiese registrado su decisión y ahora exigiera una consecuencia.
El círculo de vigilancia había quedado atrás, pero su eco permanecía en su piel.
Cuando atravesó el límite de las barreras élficas, sintió el leve estremecimiento del domo protector. Las