La frontera entre Lirien y Skarn no estaba marcada por muros ni estandartes, sino por una sensación. Ainge lo había comprendido desde el primer día: el aire cambiaba. La magia se volvía más tensa, menos obediente, como si la tierra misma desconfiara de quienes intentaban imponerle límites.
Aquella noche, la luna apenas iluminaba el sendero de piedra que descendía hacia el antiguo círculo de vigilancia, un lugar olvidado desde las primeras treguas fallidas. No figuraba en los mapas oficiales, pe