El amanecer llegó a la frontera con una luz pálida, casi enferma, filtrándose entre nubes bajas que parecían arrastrar consigo viejas cenizas. El Valle de las Cicatrices nunca despertaba del todo; simplemente cambiaba de tono, como una herida que deja de sangrar pero nunca sana.
Kael observaba el terreno desde la plataforma de vigilancia, los brazos cruzados sobre la armadura. No llevaba el casco. El viento frío golpeaba la cicatriz sobre su ceja, recordándole —como siempre— que cada marca tení