98. Kilometro 7

El Camino a la sierra olía a pino y a lluvia que no cae, esa humedad suspendida que no moja pero se mete en los pulmones. El auto avanzaba despacio, como si también dudara. A la altura del KM 7, apareció la tapia blanca: prolija, recién pintada, demasiado limpia para un paisaje que vive de polvo y hojas secas. El portón metálico no correspondía a nada conocido. No era casa. No era galpón. Era otra cosa. Algo que quería parecer invisible y lograba lo contrario.

Lara, en el asiento trasero, apretó los dientes. Lo vi por el espejo.

—Antes pasé por acá —dijo—. En ambulancia. Cuando me soltaron del hospital, tomamos este camino. Miré la tapia… y no quise saber.

No lo dijo con culpa, sino con cansancio. Como quien reconoce un reflejo propio.

Vera sacó los binoculares y los ajustó con paciencia quirúrgica.

—No veo cámaras visibles —informó—. Pero hay sensores enterrados. Fibras nuevas. Esto escucha.

El maestro se agachó sobre el capó y dibujó en un papel tres marcas rápidas, casi infan
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