98. Kilometro 7
El Camino a la sierra olía a pino y a lluvia que no cae, esa humedad suspendida que no moja pero se mete en los pulmones. El auto avanzaba despacio, como si también dudara. A la altura del KM 7, apareció la tapia blanca: prolija, recién pintada, demasiado limpia para un paisaje que vive de polvo y hojas secas. El portón metálico no correspondía a nada conocido. No era casa. No era galpón. Era otra cosa. Algo que quería parecer invisible y lograba lo contrario.
Lara, en el asiento trasero, apre