97. Lo que se rompe
La madrugada nos encontró despiertos en la cooperativa, como si el sueño hubiera decidido no venir para no estorbar. Afuera, el cielo era un gris sin promesas; adentro, las luces frías dibujaban sombras largas sobre el piso. Preparábamos cajas con una concentración casi ritual: copias impresas, pendrives rotulados a mano, radios envueltas en bolsas, botellas de agua, comida seca, vendas. Hacer cosas con las manos evita pensar mal; lo aprendí de chica, cuando la cabeza se me llenaba de preguntas