73. El ruido correcto
No podía romper la puerta sin encender todas las alarmas. Tenía que inventar un ruido que pareciera accidente, un error plausible dentro del lenguaje de las máquinas. Volví al cuarto técnico, donde el eco siempre suena a culpa. Abrí la tapa de la batería B y la golpeé con la llave de corazón, esa que ya parecía más un talismán que una herramienta. La chispa saltó diminuta, casi elegante, con ese olor a fósforo húmedo que anuncia caos chiquito.
El sistema, obediente como solo las mentiras bien contadas saben serlo, le avisó a alguien que un sensor falló. Lo escuché emitirse por el intercomunicador, un pitido seco que hace que los guardias salgan a mirar paredes equivocadas. Y funcionó: salieron corriendo hacia el pasillo norte. Por protocolo, la sala ventiló y la puerta se abrió sola. No lo pensé; nunca hay que pensar cuando el cuerpo ya decidió por vos. Entré.
—Permiso —dije, aunque a nadie le importó la palabra.
Fran se puso de pie sin silla. Esa forma suya de levantarse rápido, c