74. Piel de ciudad
Nos escondimos en una torre en obra, piso doce, un lugar donde todo olía a cemento fresco, a polvo suspendido y a futuro detenido a mitad de construcción. Era como estar en el esqueleto de un edificio que todavía no decidía si quería ser refugio o trampa. El viento entraba por los huecos donde algún día habría ventanas, trayendo el rumor de una ciudad en apagón. En la distancia se escuchaban sirenas quebradas, generadores tosiendo y, muy abajo, voces que parecían confundidas sobre quién mandaba ahora.
Vera llegó primero, con el maestro detrás y dos termos grandes golpeando entre sí en la mochila. Ella venía transpirada, despeinada, con esa forma de caminar de quien sabe que no tiene un minuto de sobra. El maestro, en cambio, traía esa calma suya que siempre parece prestada de otra vida.
Luego apareció Rocío con un bolso repleto de vendas, gasas y palabras afiladas.
—Se están reagrupando —anunció apenas cruzó el umbral imaginario de la obra—. Creen que todavía tienen el tablero.
—N