60. Donde todo se prende

Fue cuestión de un segundo. Un latido. El cielo aclaró con esa luz que no viene del sol sino de la decisión, la multitud hizo silencio como si alguien hubiera dicho un “shh” gigante desde lo alto de un edificio, y entonces Tribunales se quedó negro. Un apagón total, preciso, casi quirúrgico. A mis espaldas, los celulares se encendieron uno tras otro: pequeñas luciérnagas temblorosas que cortaban la sombra con su insistencia inútil, pero hermosa. Sentí que la ciudad entera cambiaba de modo: respiraba más despacio, más alerta.

—Nos cortaron —dijo Vera, obvio y útil, como quien pronuncia la evidencia para que los demás no piensen que se la imaginaron.

Y entonces, antes de que pudiéramos procesar el apagón, sonó la sirena. No era de patrullero. Era de incendio. El sonido atravesó el aire como un cuchillo y se nos clavó en el pecho a todos al mismo tiempo. Un olor a plástico caliente subió desde la base del edificio, mezclado con un tufo ácido, a cable quemándose. Los vidrios de la fachada
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