45. La entrevista
La periodista se llamaba Vera. Lentes redondos, uñas mordidas, esa mezcla de miedo y hambre que reconocí de mí. Quedamos en el muelle, temprano, cuando el pueblo todavía bosteza. Le dimos poco: una muestra, un nombre, la ruta de “donaciones” que terminaba en una oficina que no existe y HLK repetido como mantra.
—Necesito confirmar —dijo, seria—. Si publico sin respaldo, nos hundimos juntos.
—Confirmá —respondí—. Te doy, además, un testimonio: la explosión de la agencia no fue fuga eléctrica. Me lo juego.
Vera tragó saliva. —Si toco esto, toco a tu director. Y a Tomás. Y a tus proveedores. Y a gente que no firma con su nombre.
—Por eso te pregunté si tenés donde caer si te corren —dije.
Nos miró. —Tengo colchón de amigos. No de dinero. Lo que tengo es ganas.
Rocío asintió con una dignidad que me erizó la piel. —Yo te doy la cara —dijo—. Pero quiero elegir las palabras.
Fran observaba a distancia, en modo guardia. El Lobito también. El pueblo amanecía frío; el agua del canal parecía sos