26. Los ecos de la puerta
El disparo sonó antes de que pudiera pensar.
No fue un arma: fue el chasquido seco de la madera cuando la cerradura cedió. El ruido me llegó al oído como un aviso que no admite dudas.
Estaba en la calle en menos de dos minutos, con el corazón golpeando como un reloj que perdió la calma.
El portero no respondió. El pasillo olía a humedad y a detergente barato. El perro de Mile ladraba con furia desde adentro, el sonido rebotando en paredes que no tienen secretos. Golpeé la puerta con el puño.
—¡