24. Donde arde el silencio
Me desperté antes de que la alarma siquiera pensara en sonar. La luz pálida de la mañana entraba por la cortina como si pidiera permiso, tímida y algo culpable. Mile respiraba tranquila a mi lado; su vientre se hundía y subía con esa cadencia que me vuelve manso. El perro, todavía medio dormido, se había acurrucado entre nuestras pantorrillas, ese guardián satisfecho que siempre encuentra su puesto.
No quise moverme. Hay escenas que se quiebran si uno las interrumpe. Verla dormir era una de esa