12. Nadar Contracorriente
Llevé sopa, pan y silencio. A veces eso alcanza para no desarmarse. Fran abrió la puerta de la casa vieja con los hombros tensos y una mirada cansada; su hermana me sonrió agradecida y me puso a pelar zanahorias sin preguntar nada más. Mi pequeño lobito se paseó por la cocina como un inspector en miniatura.
—Podés irte —me dijo Fran en voz baja, sin dureza—. Esto no es tuyo.
—Ahora sí —respondí, y seguí cortando las zanahorias.
El hombre en el cuarto del fondo respiraba como quien pelea inclus