102. Sifones
El túnel lateral olía a hierro, agua vieja y decisiones mal tomadas. Ese olor que no es exactamente humedad, sino algo que quedó ahí después de que alguien creyó que podía esconderlo todo bajo tierra. Caminábamos en fila, pegados a la pared, con las linternas apoyadas contra el pecho para no regalar sombras largas que delataran nuestro pulso. Nadie hablaba. El silencio era una forma de cuidado.
Lobito iba delante, sin correa, olfateando con la seriedad de quien entiende que el mundo es mucho más grande que su hocico y que hoy no se corre por gusto. Paraba, levantaba la cabeza, volvía a avanzar. Le confiamos el ritmo como se le confía el compás a alguien que no sabe mentir.
A la derecha apareció el sifón. No se veía distinto de los otros, pero se escuchaba. El agua hacía un sonido hueco, profundo, como si debajo hubiera una panza de aire esperando su turno. Me acerqué despacio y golpeé con la culata de la linterna: toc, toc. El eco volvió distinto, más largo.
Rocío sonrió apenas, co