La luz del atardecer teñía de rojo los ventanales del despacho de Gianna. La torre era alta, con vista al puerto donde los contenedores se apilaban como piezas de ajedrez olvidadas. Ella se descalzó con un suspiro, dejando caer los tacones de charol negro junto a la alfombra persa. Sus pies dolían, pero su mente ardía más.
—¿Te parece que estoy jugando? —murmuró, para nadie en particular, mientras deslizaba un dedo sobre la copa de vino tinto que descansaba sobre su escritorio.
Había pasado el