La sala de reuniones de Asahi estaba completamente en penumbras, apenas iluminada por las luces cálidas del techo. Todo en ese lugar estaba hecho para infundir respeto, desde la madera japonesa tallada, hasta las esculturas más costosas de todo Tokio.
Un silencio absoluto y la presencia imponente del hombre que lo dirigía todo.
Asahi estaba sentado en la cabecera de la mesa, No bebía, No hablaba. Solo observaba el documento que tenía frente a él. Su mano derecha, Akihiro, esperaba en silencio,