El silencio en la habitación privada del hospital era casi más doloroso que el llanto. Senay yacía bajo las sábanas, débil y pálida, pero completamente consciente. El monitor a su lado marcaba solo el ritmo solitario de su corazón. A su alrededor, la gravedad de la situación había unido a los cuatro amigos: Horus, sentado firme pero con los ojos enrojecidos; Elif, con la cara hinchada de tanto llorar; y Vittoria, de pie junto a su amiga, con una mano sobre su frente. Nicolai se movía discretame