Mientras Senay y Horus regresaban a Malibú, sus corazones latiendo al ritmo del pequeño sonido que acababan de escuchar, celebrando un momento de conexión genuina, la mansión Arslan en Bel Air se sumía en una oscuridad silenciosa. La aparente tranquilidad era la tapadera de un fracaso estrepitoso.
Ahmed Arslan yacía en su lujosa cama, con el cuerpo pesado y la boca seca por el exceso de alcohol de la noche anterior. La luz del día hacía horas que se había desvanecido, y un hedor a sudor frío y