La fría brisa marina no trajo consuelo. Horus se encontraba en un estacionamiento desolado a las afueras de Malibú, sus ojos fijos en el vehículo que había servido como prisión temporal para su esposa. La furgoneta oscura, un modelo utilitario anónimo, estaba abierta y vacía. Los técnicos forenses ya estaban allí, cubiertos con guantes y escudriñando cada centímetro, pero el primogénito no necesitaba su veredicto. La verdad era innegable.
Horus, abatido por la falta de información, sintió que l