El aliento se le quedó atascado en el pecho. La vista de Ahmed, tan pulcro y sonriente, preparando la mesa con velas y flores, mientras ella yacía en pánico absoluto, era una imagen que nunca se borraría. No era la amenaza de un matón; era la perversión de un demente que buscaba amor a través del secuestro.
Ahmed se acercó a ella, sus ojos brillando con una excitación infantil que resultaba escalofriante.
—Mi amor, te ves tan pálida. El viaje fue largo, pero ya estamos en casa. En nuestra casa