El despacho de Set olía a ébano pulido, a un cigarro cubano recién extinguido y, ahora, a la acidez metálica del miedo. Afuera, la búsqueda de Senay se desplegaba con una furia organizada, pero dentro, el tiempo se había detenido. Solo quedaban Set y Dilara, la mujer que acababa de despertar de un desmayo autoinducido por el terror.
A puertas cerradas, sin testigos, la sala de poder de la mansión se convirtió en un tribunal. El patriarca se acercó a su esposa, que seguía en el sillón de cuero,