Después de catorce horas de vuelo, Sofi descendía del avión en Milán. Era una mañana muy fría en esa ciudad y, a través de los ventanas del aeropuerto pudo divisar una leve lluvia que caía como dueña del lugar. Estremeciéndose dentro de su tapado negro, tomó la mano de Mateo, quien estaba mirando a su alrededor como si fuese todo nuevo, aunque para él, sí era todo nuevo; jamás había viajado en avión, jamás estuvo en un aeropuerto, ni siquiera de pasada, ni mucho menos jamás había salido del paí