Una vez que Sofi entró, cierra la puerta y de un trote rodea el auto para subir del lado del piloto. Cuando sube, la mira de reojo y sonríe de costado, ella estaba pasando sus manos por el tablero de madera pulida y luego se despliega por los asientos de cuero.
—Es hermoso —musita Sofi sin dejar de tocar a su alrededor.
—Lo es —concuerda él—. Aunque hay que reconocer que se ve mejor contigo en él —exclama, poniéndolo en marcha.
Ella se ríe, ya no sintiéndose tan nerviosa, él tiene ese poder con ella, puede ponerla nerviosa y aligerarla en un abrir y cerrar de ojos.
—A dónde vamos? —quieres saber la joven.
—Ya lo veras —contesta de manera misteriosa.
—¿No vas a darme ni siquiera una pista? —curioso.
—Nop —niega sonriendo y mirando el camino.
—No es justo —se queja.
—La vida no es justa —suelta en un suspiro accionado.
—Al menos podrías decirme si estoy bien para a donde vamos a ir.
—Estás perfecta.
A los quince minutos llegaron al muelle en el delta y un lujoso yate los est