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La familia Jones era bulliciosa. Olivia no tenía otra palabra para describir a la gran manada que llegó puntual a las ocho para cenar. Eran al menos unas treinta personas. Y con los vecinos, llegaban casi a los cien invitados. Entre la multitud venían cachorritos de todas las edades, recién nacidos, los que ya caminaban, los que hablaban y los mayores de unos diez años que correteaban de arriba para abajo persiguiéndose las colas. Ahora entendía por qué la señora Jones puso una mesa de bocadillos y decoró de forma tan alegre. Esos diablillos prácticamente se sumergieron en las papitas y chocolates.
—¡Sofí! —Olivia dio un brinco, pegándose a Alejandro, cuando una lobita negra pasó corriendo despavorida entre sus piernas. La madre Omega la iba persiguiendo. Para la mala fortuna de Olivia, la Omega le gritó muy cerca de sus delicados tímpanos. —¡Ya te dije que no debes cambiar cuando estamos de visita! ¡Vuelve aquí, malcriada!
La lobita se sentó sobre sus cuartos traseros y aulló, movien