.17.
—¡Sofí! —La madre de la lobita apareció. Era una de las vecinas invitadas a la fiesta. —¡No molestes a tus anfitriones, maleducada!
—¡Pero mi hermanito huele mal y no deja de llorar! ¡Se cagó y tú estabas ocupada platicando! —Chilló la pequeña. —¿Por qué no lo puede cambiar la Omega de Alejandro? ¡Tú dijiste que todos las omegas emparejadas saben cambiar pañales!
—¡Esta niña!
Alejandro se levantó de la mesa y tomó al bebé lloroso y gritón en sus brazos.
—Yo me encargo.
—¡Qué pena, Alejandro! —L