Olivia no se perdió la enorme sonrisa de su alfa al ser llamado por el apellido de su padre. Sin lugar a dudas en este lugar estaba en casa. Y minutos después estaban de nuevo aparcando frente a la cabaña de los Jones. Las luces estaban encendidas y la casa tenía ese aire a hogar que Olivia sintió la primera vez que estuvo allí.
El corazón se le aceleró cuando vio que la madre de Alejandro abrió la puerta. Seguía siendo una omega hermosa. Su cabello negro enmarcaba sus delicados rasgos y sus delgados brazos se aferraban al chal que tenía puesto.
—Todo estará bien.
Olivia se dejó besar por su alfa y aspiró su esencia, tranquilizándose.
—¿Estás lista, Olivia?
—Sí, pero nunca sueltes mi mano.
—Eso jamás.
Poco a poco, hicieron el recorrido hacia la entrada hasta que estuvieron frente a la puerta. Ahora que estaban tan cerca, Olivia pudo ver que la señora Jones tenía los ojos hinchados y la nariz roja. Pero Olivia no podía decir si había llorado de cólera o por tristeza.
El señor Jones apa