Algún día en el futuro...
Un alfa bastante molesto miró con seriedad al pequeño cachorro rubio de cinco años frente a él.
—No lo volveré a decir, es hora de tus lecciones. Obedece.
El cachorro hizo un puchero y empezó a pisotear el suelo con sus piecitos enfundados en zapatos a la medida que el abuelo Moor le había mandado a hacer.
—¿Por qué tengo que aprender a rastrear conejitos en el bosque, Papá? ¡No somos salvajes! ¡Además, no los voy a matar! ¡Eso es horripiloso, papá! ¿Acaso no sabes lo adorables que son? ¡Ellos son mis amigos!—El pequeño Dylan terminó su discurso con los brazos cruzados, un puchero y el ceño fruncido.
Alejandro se agachó y puso su cabeza entre sus manos. Llevaban dos horas con la misma discusión. Frente a él estaba una versión en miniatura de su omega. Vestido con pequeños pantalones negros, una mini chaqueta verde que le quedaba enorme, gafas Gucci y unos adorables zapatitos que el abuelo Moor le había regalado, su hijo era la viva imagen de Olivia. Ambos rub