La puerta de la cabaña fue abierta de golpe con gran entusiasmo. Un pequeño cachorro rubio de dos años entró igual que un tornado, con la misma energía y velocidad.
—¡Abuelita Jones! —El pequeño Dylan no pudo contenerse y se dejó llevar por sus pequeños pies hacia la cocina.— ¡Vine por todos tus postrecitos! ¡Abuelitaaaaa!
El cachorro desapareció en la cocina mientras sus padres iban entrando con más calma.
—Creo que está feliz.
—Al menos uno de mis bebés la pasa bien aquí. —Alejandro rodeó la