—Faltan tres semanas para la próxima luna llena —me dice, dando por terminada la provocación mientras vuelve a tomar su café—. Piénsalo. Tú y yo podríamos divertirnos mucho.
El aire se me atora en la garganta. Mis dedos se aprietan alrededor del tenedor con tanta fuerza que los nudillos me duelen. La propuesta me cae como un balde de agua hirviendo, desarmando la armadura de autosuficiencia que tanto me costó ponerme hace un momento. El corazón me empieza a martillar contra las costillas, desbo