Él se separa un segundo, dejando la piel húmeda y brillante bajo la luz que entra por el ventanal. Sus ojos grises están oscuros, las pupilas dilatadas al límite, fijos en mi rostro encendido.
—¿Qué pasa si te toco así? —pregunta en un susurro denso, su aliento caliente chocando contra mi boca—. ¿Sigues sin sentir nada, Emma?
No puedo responder. Las palabras se me quedan trabadas en la garganta porque su otra mano, la que estaba en mi cintura, desciende con pesadez hacia mis caderas. Desliza la