—No te confundas, Mayra. Lo único que me provocas son ganas de enterrarte bajo el barro —le respondo, con los labios casi rozando su oído, arrastrando las palabras con una calma despiadada—. Me provocas repugnancia.
Su mirada se enciende en furia otra vez. Su agarre en mi cuello se vuelve a tensar, sus uñas rompiendo la primera capa de mi piel.
—¡Podría matarte aquí mismo! —me grita, perdiendo los papeles, buscando la aprobación de su padre con la mirada—. ¡Podríamos acabar contigo ahora y qued