Una semana. Siete días exactos desde que Thomas me dejó marcada, vacía y tirada en sus sábanas oscuras. Desde esa noche, la casa se convirtió en un mausoleo de cemento y silencio.
Thomas se transformó en un fantasma que maneja los hilos desde las sombras. No compartimos una sola comida. Si bajo a la cocina, él ya se ha ido; si me quedo en la sala, sus pasos se escuchan en el piso de arriba, esquivándome con una frialdad matemática. La realidad me golpea el rostro sin ningún tipo de adorno: me u