—¿Tanta prisa tienes, Emma? —su voz baja a un susurro rasposo, cargado de una sensualidad oscura que me eriza la piel—. ¿Estás muy interesada en que eso pase ya?
El aire se me atora en la garganta. Su cercanía me debilita las piernas, pero no puedo apartar la mirada de sus ojos, que parecen devorarme entera.
—Yo... solo quiero saber cuáles son las reglas —consigo decir, aunque el tono me sale como un hilo trémulo.
Thomas esboza una sonrisa gélida, una curva casi imperceptible en sus labios que