Apreto a Astro contra mi pecho, hundiendo los dedos en su pelaje grueso. El perro se mantiene quieto en el asiento trasero, jadeando despacio, como si él también sintiera el peso de la atmósfera dentro de la camioneta. Miro de reojo a Thomas; sus manos grandes aprietan el volante con demasiada fuerza y sus ojos no se apartan de la carretera.
El silencio se vuelve insoportable hasta que su voz profunda lo rompe, tomándome por sorpresa.
—Háblame de tu familia, Emma —suelta, sin quitar la vista de