Nunca pensé que algo tan sencillo como una llamada telefónica pudiera generar una intensa tormenta eléctrica entre Donovan y yo. Pero ahí estaba, apoyada contra el escritorio de su despacho, en nuestro día libre, mirando cómo caminaba de un lado a otro con el teléfono aún en la mano y el ceño fruncido.
Bueno, no todos los días pueden ser buenos.
—Van, me estás mareando —le dije con cansancio, y me senté en el borde del escritorio.
—¿Sabes qué me dijo mi abuela? —bufó, rodeándome y dejándose cae