—Los dejaré solos.
En cuanto Leila, con esa sonrisa falsa que parecía tallada en veneno barato, soltó esas palabras, todo rastro de color desapareció de mi piel.
No, por favor.
Por primera vez, quédate conmigo.
Se giró sobre sus tacones, balanceando las caderas como si creyera que la situación estaba a su favor, ahora que sabía que yo estaba casada.
Probablemente ya sabía quién era Adrik y, al saberse libre de competencia, me lanzó una mirada de superioridad que me revolvió el estómago. Adrik