Cuando abrí los ojos con lentitud, sentí como si el aire me pesara sobre los párpados.
Me dolía la cabeza.
Mucho.
Como si un ejército de martillos estuviera desfilando entre mis sienes sin preocuparse por los daños colaterales.
¿Dónde rayos estoy?
El techo era alto. Más elegante que el mío. Las cortinas no eran las que había escogido.
Y el aroma... ni hablar. Ese perfume masculino, pulcro y denso, me hizo girar sobre el colchón con cierta alarma.
No. Eso es imposible.
Fue entonces cuando