Flavia narrando
Otra semana pasó sin que Deividson enviara mensajes ni me amenazara de ninguna otra forma, pero Rafael no dio tregua. Heitor y Lucas seguían siendo mi sombra hasta en la fila del café de la facultad, y los cuatro nuevos guardaespaldas parecían replicantes de traje negro: siempre parados en el estacionamiento, como si yo fuese a explotar en cualquier segundo. Hasta las niñas, Mel y Bia, ganaron escolta para ir al parque. “¡Es como ser princesa, Tía Flavia!”, dijo Bia abrazando a