Yo sabía que Rafael estaba preocupado, pero nada me preparó para lo que él planeó. Para mí ya no era ninguna novedad que mandara a Heitor y Lucas seguirme como sombras. Durante la semana, ellos se quedaban “disfrazados” —si es que dos tipos de 1,90 m con radio en la oreja pueden pasar desapercibidos—, pero los fines de semana, cuando yo volvía al departamento, la protección se convertía en un espectáculo. Heitor se plantaba en la puerta como una estatua, mientras mi amiga Solange, maestra en ge