Flavia narrando
Después de calmarme en los brazos de Rafael, confirmé lo que ya sabía: Rafael no discute. Él decide.
Tras lo del supermercado, intentó llevarme de vuelta a la mansión con un tono que no admitía negativas —esa voz grave que hacía temblar hasta los muebles. Me sostuve en mis pocos centímetros de altura como si fueran un escudo y lo encaré, acostumbrada ya al fuego que ardía en sus ojos ámbar.
— No voy a vivir encerrada, Rafael. Necesito respirar —argumenté, con los dedos aún tembl