Rafael narrando
Después de dejar a Flávia bajo la protección de los guardias, aun con sus protestas, salí del apartamento dispuesto a hacer algo que no hacía desde hacía años.
La niebla cubría el cementerio como un manto húmedo, y estacioné el coche lejos de la entrada, como siempre. Caminar hasta las tumbas era parte del ritual: una penitencia silenciosa por los pecados que llevo incrustados en los huesos. Mis pasos resonaban solitarios entre las lápidas. Me detuve frente a aquella que siempre