El ambiente en la habitación del hospital era tenso. La luz tenue apenas iluminaba los rostros de los tres ocupantes: Bianca, Oscar y Liam. Oscar, pálido y con respiración entrecortada, había confesado lo inevitable: estaba muriendo.
Bianca se sentía como si el mundo se derrumbara a su alrededor. Las palabras de Oscar resonaban en su mente, cargadas de una tristeza infinita y una aceptación tranquila que sólo hacía que su dolor fuera más profundo. No entendía como algo así estaba pasando, ¿Cuándo es que empezó? ¿Por qué ella nunca se dio cuenta? Lo había dejado mucho tiempo solo mientras ella tenía sexo con Liam. Ahora se sentía culpable y la peor persona del mundo.
Oscar, siempre tan fuerte y decidido, ahora yacía débil en la cama, sus ojos fijos en ella con una mezcla de amor y resignación.
—Bianca, escucha. Todo estará bien, ¿sí? —dijo con una voz calmada—. No quería que esto fuera tu carga. Tienes derecho a vivir, a amar, a ser libre…
Bianca asintió, las lágrimas brotando sin cont