A pesar de que los primeros botones de su camisa estaban fuera del ojal, se asfixiaba. Si, no tenía aire, las manos le temblaban, tenían los bellos erizados y el delicado camino de besos en su cuello no dejaban espacio para más pensamientos.
Debió frenar de golpe. El semáforo había cambiado a rojo sin que lo notara, de ser un poco más tarde hubiera provocado un accidente.
Se restregó la cara.
—Suficiente.
No podía decir que se conocían hace mucho, sin embargo, la sonrisa en el rostro de Liam era algo que podía dibujar mirando el cielo. El azabache dejaba que las comisuras de su boca tiraran hacía arriba, sin mostrar los dientes y marcando sus hoyuelos mientras los ojos le destellaban.
Entonces cuando pudo volver a la marcha, los besos en efecto no siguieron, en cambio una mano sucia que le gustaba provocar comenzó a recorrer su brazo, apenas un roce que era suficiente para perder la cordura.
Gimió.
—¡Ten cuidado, imbécil!—. La bocina estruendosa desde el cruce hizo que se acomodara en