—Yo también estoy feliz. —interrumpió Leo, quien les miraba intermitente.
Entonces Liam rió.
—Deja tomarte una foto.
—¡Otra vez! —comenzó a refunfuñar, tenía toda la boca manchada y los lentes de sol no ayudaban.
—Uno, dos, tres. —Leo sonrió falsamente a la cámara para continuar su helado, pero su padre no había terminado. —Bianca. —llamó e hizo un gesto con su mano. —¡Digan helado!
—Papá, ¿quién dice eso?
Con las manos temblando por los nervios, la chica acercó su silla a la del niño. Hasta el